El diálogo con la sociedad
Actualmente,
vivimos en una sociedad fugaz, una sociedad de instantes y no de momentos, de
fotos y no de retratos, de llegar al fin del camino y no de disfrutarlo
mientras lo paseamos, una sociedad de engullir y no de degustar.
Tenemos tiempo para todo menos para lo importante, tenemos tiempo
para lo atemporal pero nunca para lo temporal.
Tenemos tiempo para lo infinito pero no para lo finito.
Y lo peor de todo, nos damos cuenta de ello cuando ya estamos en
esa última estación de nuestra vida. Cuando el tren da el aviso para que inicie
el último viaje.
Es ahí, en ese mismo momento, donde somos conscientes que, a pesar
de haber atesorado miles de riquezas y miles de éxitos durante nuestra vida no éramos
afortunados.
¿Cuántas de esas riquezas daríamos para estar un solo minuto con
esos seres queridos que ya no están?
Cuando hemos sido ricos era cuando nos sentábamos en la misma mesa
con nuestros mayores, con las personas que tanto nos querían y que,
desgraciadamente, ya no están. Ahí éramos ricos y no lo sabíamos.
Debemos tener una sociedad, por tanto, que huya de la gerontofobia,
que huya de la visibilidad de “lo mayor” como algo negativo acompañado de esa
aporofobia inherente, acompañado de esa fobia al pobre.
No son pocos los casos en los que muchas personas mayores han
muerto en la más dura soledad donde fueron descubiertas a los días o a las
semanas de fallecer bien por el olor que emanaba de su lugar de residencia,
bien por la voz de alarma que daba algún vecino al notar su ausencia.
Y muchos de ellos tras llevar varias jornadas de agonía en la cama
o en el suelo falleciendo de inanición. O incluso, se da el caso que quien se
percata de dicha ausencia es algún trabajador o trabajadora de la cafetería o
de la pequeña tienda que frecuentaba la persona fallecida al no acudir al
mismo.
Pero el fallecimiento no es más que la punta del icerberg. El
fallecimiento en soledad es la prueba tangible de un proceso que se lleva
fraguando tiempo atrás y que no en pocas ocasiones va emparejado a ciertos
factores de exclusión social.
Las bajas pensiones y la desigualdad social y económica hacen que
se acentúe esa aporofobia que se vuelve aún más cruda si se une con la edad
avanzada.
Se debe apostar, por parte de las administraciones públicas, por
medidas de prevención, de detección y de eliminación de la soledad, es decir,
por medidas que no solo eliminen la soledad actual de muchas personas mayores,
sino que la eviten en tantas otras.
Medidas como el apoyo a los colectivos LGTBI para que no se produzca
una “armarización” de las personas que acuden a los centros de mayores. El aumento
de los planes académicos en cuanto al dominio los aparatos comunicativos actuales
lo que evitará su soledad y su aislamiento tecnológico, la lucha por la equiparación
de las pensiones donde de media de estas en Andalucía se sitúa un 10% por debajo
de la media estatal, así como la equiparación en las pensiones entre hombres y
mujeres ya que la diferencia entre ambos es de 34%. Donde recordemos que la
soledad en los mayores tiene nombre de mujer y apellidos de pensión no
contributiva y para ello es fundamental incrementar progresivamente el
complemento autonómico a las pensiones más bajas y Pensiones no contributivas.
Otras medidas serían priorizar la construcción y mejora de centros
sociales de mayores y viviendas de autogestión comunitaria así como la activación
de protocolos que engloben actuaciones a realizar por parte de las diferentes
administraciones en colaboración con los agentes sociales y con los comercios
locales que son los que, en muchos casos, detectan indicios de soledad aumentando
las relaciones de vecindad.
Todo ello sin olvidar
el aumento de recursos de la ayuda a domicilio y la mejora de las condiciones
de las trabajadoras de ayuda a domicilio.
Pero para que todas estas medidas, y
otras tantas más, sean posibles es necesario incrementar el presupuesto de la Junta
de Andalucía de manera acorde al incremento de población de avanzada edad para
adecuarlo a las nuevas necesidades sociales.
Hoy día se hace más urgente mirar
hacia Latinoamérica y hacia África para retomar ese modelo basado en venerar a
las personas mayores como fuente de conocimiento, de experiencia y de riqueza
cultural.
Y, por lo tanto, cualquier medida que
se proponga para prevenir, detectar o erradicar la soledad se debe tomar en consideración
de forma inminente.
Es más necesario que nunca una
sociedad de momentos, de retratos, de disfrutar el camino mientras lo paseamos,
una sociedad de degustar y donde el “a ver si quedamos para tomar un café” sea
una prioridad.

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