Mi querida vecina de la toquilla gris

 Cuando cierro los ojos y recuerdo mi infancia en el antiguo barrio de “Las Cábilas” me vienen a la cabeza numerosas personas que han dejado su huella en aquellas moriscas calles de nuestro pueblo.

Antonia "La de los Vicentes" apoyada sobre su fachada
Teresica dando paseos hacia el corral donde tenía las gallinas y los conejos, Nati y Carmela (madre y suegra de Antonio el Cascahué), Paca la de Pepe el Carnicero, mi propia abuela Ana “La de Paíco”, mi abuelo Miguel Raspanda, Felipe (que tuvo un final trágico en la Avenida Andalucía) o mi querida Antonia “La de los Vicentes”, la protagonista de este breve y humilde artículo.

Nunca le pregunté sobre su vida, sobre su pasado, sobre todas las adversidades que había tenido que atravesar para criar y cuidar a sus hijos. Lo que conocía de ella era lo que un adolescente había escuchado: que hacía años había tenido un bar justo a la vuelta de su casa, que enviudó muy joven y que tuvo que sacar adelante a toda su familia con mucho esfuerzo. Todo aquello para mí era admirable pero siempre me quería centrar en la Antonia actual, aquella que siempre salía vestida de negro o de gris a la puerta de su casa y que se apoyaba en su muro buscando los rayos de sol en las frías tardes de invierno.

De semblante tranquilo y con ojos achinados siempre tenía un buen gesto cuando pasaba por su lado y le daba los buenos días, las buenas tardes o, simplemente, le preguntaba como estaba o como le había ido el día.

Tras la muerte de mi abuela y de varias vecinas, Antonia se había convertido en la última esencia viva de aquella “manzana” que forman el Callejón de los Hurtado, calle de la Acequia y el primer tramo de Balcón de la Vega. Era el último ejemplo, el último reducto de una generación con una vida cargada de adversidades y que habían salido adelante con enorme esfuerzo, sacrificio y tesón. Luchas que han perdurado y perdurarán en el ADN hueteño.

Cuando su vida se apagaba su hija me comentó que a Antonia le habría gustado verme ya que no paraba de preguntar por “el niño de la Ani”. Sin duda, una de las cosas que más me arrepiento era el no haberle dado el último adiós en vida como se merecía.

Pero a pesar haber pasado varios años desde que Antonia nos dejó y unos meses desde que su vivienda ya formara parte del pasado hueteño miro hacía atrás y sigo viendo su bar con las persianas azules, su casa encalada con las rejas verde claro y a ella apontocada en la pared con su toquilla gris.

Comentarios

  1. Precioso articulo👏👏❤

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Buenas tardes me recuerdo cuando de jóven andaba por el barrio de las cabillas y por el barrio de los peñones pero mi primera calle era la calle Real asta el Mentidero, amo a mi pueblo.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Aquel 11 de octubre que se paró todo

La Zona de Baja Emisiones (ZBE) no es justa ni reduce las emisiones

Curso de Capacitación Técnica Aulas Digitales Interactivas (ADI). Información y enlaces de interés